La crisis de 1929 no fue una crisis más, fue el colapso del sistema económico de su época. El capitalismo industrial se ahogó en su propia sobreproducción, el crédito se evaporó y millones de personas quedaron fuera del sistema productivo. Estados Unidos no tenía un problema de capacidad industrial, tenía un problema de sentido: nadie compraba, nadie invertía y el dinero dejó de circular. El New Deal maquilló la herida, pero no la cerró. A finales de los años 30 la economía seguía rota, el paro seguía alto y la depresión seguía ahí, latente, esperando una salida que no podía venir desde el mercado.
La salida no fue pacífica ni virtuosa. Fue violenta. Fue la guerra. La Segunda Guerra Mundial no “reactivó” la economía estadounidense: la forzó a funcionar. El Estado se convirtió en el único cliente posible, uno infinito, desesperado y dispuesto a pagar cualquier precio. Armas, barcos, aviones, munición, combustible, acero, comida. Producción sin límite. La demanda dejó de ser una cuestión económica para convertirse en una orden política. El capitalismo no se salvó solo: fue rescatado por una guerra total.
El gasto público se disparó sin frenos ni complejos. Déficit, deuda, inflación futura… nada importaba. Cuando el sistema está al borde del colapso, las reglas desaparecen. El dinero volvió a fluir porque el Estado lo inyectó a presión en fábricas, salarios e infraestructuras. Millones de personas pasaron de no tener nada a tener un sueldo garantizado por la maquinaria bélica. No fue prosperidad: fue movilización forzada. Pero funcionó.
El pleno empleo no llegó porque la economía se volviera sana, llegó porque la guerra lo devoraba todo. Soldados al frente, obreros en las fábricas, mujeres sustituyendo a hombres, jornadas interminables, producción al límite. La sociedad entera fue convertida en una extensión de la guerra. El paro desapareció porque el sistema encontró por fin una forma de absorber el excedente humano que había generado.
Cuando terminó la guerra, Estados Unidos no solo había salido de la depresión: había heredado el mundo. Europa estaba destruida, Japón arrasado, y la industria estadounidense intacta, sobredimensionada y lista para dominar. El dólar se convirtió en el eje del sistema, la deuda en una herramienta de control y la guerra en el mecanismo oculto de estabilidad económica. El mensaje era claro: cuando el sistema se atasca, se rompe todo y se reconstruye sobre las ruinas.
Y aquí es donde el paralelismo con el presente resulta incómodo. Hoy volvemos a un escenario de sobreproducción, deuda impagable, desigualdad extrema, crisis energética y límites físicos evidentes. El sistema vuelve a no saber cómo crecer sin destruirse. Y otra vez, la solución que asoma no es reformar el modelo, sino activar el viejo motor: militarización, rearme, bloques enfrentados, economía de guerra.
La llamada Tercera Guerra Mundial no tiene por qué empezar con un hongo nuclear. Puede empezar —y ya está empezando— como una guerra industrial, tecnológica y energética. Inversiones masivas en armamento, control de recursos, cadenas de suministro militarizadas, estados endeudándose sin límite para sostener una industria que ya no sirve a la vida, sino a la confrontación permanente.
Igual que en los años 40, la guerra vuelve a presentarse como solución económica. Como creadora de empleo. Como estímulo industrial. Como excusa para suspender derechos, justificar sacrificios y normalizar el empobrecimiento de la población civil. El colapso no se evita: se gestiona a base de conflicto.
La lección histórica es brutal y clara: el capitalismo no se salva, se reinicia a base de destrucción. Y cada reinicio es más grande, más caro y más peligroso. Si la Segunda Guerra Mundial sacó a Estados Unidos de la crisis del 29, no fue porque fuera inevitable, sino porque el sistema prefirió matar antes que cambiar. Y esa lógica sigue intacta.


