Durante semanas se repitió la misma expectativa: que Irán entraría en la fase conocida, que el malestar social terminaría cristalizando en imágenes, en símbolos, en plazas reconocibles, en un relato exportable. Se hablaba de un posible Euromaidán iraní como si fuese una consecuencia natural, casi automática. Pero no ocurrió. Y no porque no hubiese tensión, sino porque el sistema ya no funciona igual.
En Irán hubo protestas, sí. Hubo enfado, desgaste económico, cansancio acumulado. Lo que no hubo fue sincronización. No hubo efecto cascada. No hubo ese momento en el que miles de personas sienten que forman parte de algo más grande porque lo están viendo al mismo tiempo en una pantalla. El motivo es simple y brutal: internet se apagó de forma masiva y sostenida. No como gesto simbólico, sino como decisión estructural.
Una revuelta moderna sin red es una revuelta amputada. Sin vídeos, sin directos, sin hashtags, sin traducción instantánea a idiomas extranjeros. El conflicto se vuelve local, opaco, pesado. Pierde velocidad. Y cuando pierde velocidad, el Estado gana tiempo. Mucho tiempo. Irán no intentó “gestionar la narrativa”. Directamente la desactivó.
Este movimiento no nace de la improvisación. Durante más de dos décadas se ha repetido un patrón reconocible en distintos países. En Serbia, a principios de los 2000, la movilización juvenil, los símbolos simples y la presión mediática exterior a través de los servicios de inteligencia e infiltraciones lograron el colapso del régimen. En las revoluciones de colores del Este de Europa se combinó formación previa, ONG, financiación y relato democrático. En la Primavera Árabe, las redes sociales actuaron como detonador emocional y amplificador global. En Ucrania, en 2014, la plaza se convirtió en escenario, la épica se fabricó en tiempo real y el resultado fue una ruptura geopolítica de largo alcance.
En todos esos procesos, la red no fue la causa profunda, pero sí el multiplicador decisivo. Sin red no hay sensación de masa. Sin masa no hay miedo real en el poder. Sin miedo, no hay concesiones. Los Estados que sobrevivieron a esa oleada aprendieron la lección. Irán también.
La diferencia clave esta vez fue la anticipación. En otros Euromaidanes el Estado reaccionó tarde, cuando las imágenes ya habían dado la vuelta al mundo y apagar internet era interpretado como derrota. Aquí se hizo antes. Antes de que existiera un relato sólido, antes de que aparecieran mártires globales, antes de que la presión internacional pudiera sincronizarse. Sin relato, no hay palanca externa eficaz.
A esto se suma un factor nuevo que no estaba presente con tanta claridad en procesos anteriores: el aprendizaje inverso por parte de otros bloques de poder. Rusia y China llevan años analizando estas dinámicas, desmontándolas pieza a pieza. Control de infraestructuras digitales, redes nacionales, protocolos de apagado, gestión de la inteligencia occidental para anularla y gestión de crisis informacional. Irán no actúa en solitario. Actúa como parte de un ecosistema que ha asumido que la guerra moderna empieza en la narrativa y se corta en el cable.
Mientras la red se apaga, el mensaje cambia de plano. Irán realiza una prueba de misil de largo alcance cuya trayectoria atraviesa territorio ruso con permiso explícito de Moscú. El detalle no es menor. No es solo una prueba técnica. Es una coreografía política. No va dirigida a la población iraní ni a los manifestantes, sino a otros Estados. Dice que hay capacidad, que hay coordinación, que hay alianzas. Dice que el conflicto interno no ha comprometido lo esencial.
En otros Euromaidanes, el Estado dudaba mientras la plaza ardía y las cámaras grababan y la prensa occidental maxificaba. Aquí el Estado apaga la luz y, en paralelo, prueba misiles. No hay épica. Hay señalización estratégica.
El fracaso de este Euromaidán no tiene que ver con la falta de descontento. Tiene que ver con que el método llega tarde. El manual ya no es secreto. Los Estados objetivo han asumido el coste de parecer autoritarios a cambio de no desintegrarse. La red, que durante años fue una ventaja asimétrica para Occidente, ahora es un interruptor que se apaga sin complejos.
También fracasa porque el mundo ya no es unipolar. En 2011 o 2014, la presión occidental era casi total y el aislamiento podía ser letal. Hoy existen refugios, socios, rutas alternativas. El castigo existe, pero no es definitivo. La resistencia es posible.
Desde una mirada colapsista, esto encaja con una tendencia más amplia. La globalización informativa se rompe. Cada bloque protege su narrativa como protege su energía o su comida. Internet deja de ser universal y pasa a ser contingente, condicional, reversible. Los Euromaidanes fueron hijos de una época de exceso: exceso de energía, de hegemonía, de confianza en un orden único.
La nueva fase es distinta. Es una fase de miedo al colapso, de Estados que prefieren endurecerse antes que caer, de apagones preventivos y demostraciones de fuerza silenciosa. Menos plazas iluminadas. Más ciudades a oscuras. Menos revoluciones retransmitidas. Más trayectorias balísticas que no necesitan explicación.
El Euromaidán iraní no fracasa porque la gente no quiera cambiar las cosas. Fracasa porque el tablero ya no permite que ese deseo sea usado desde fuera.
Y eso, nos guste o no, define el mundo que viene.


