La Organización de las Naciones Unidas nació de las ruinas humeantes de la Segunda Guerra Mundial como una promesa: nunca más. Nunca más guerras totales, nunca más exterminios, nunca más un mundo gobernado solo por la ley del más fuerte. Durante décadas, la ONU fue presentada como el árbitro moral del planeta, un foro donde los conflictos se resolvían con palabras y no con bombas. Hoy, esa promesa está rota. No de forma simbólica, sino literal: excavadoras derribando sedes de la ONU mientras el mundo mira hacia otro lado. Obviamente la ONU nunca fue realmente esto, fue un instrumento de control sobre los pequeños para que no se salieran de la línea del plan occidental.

La demolición de instalaciones de la ONU en Jerusalén Este no es un incidente aislado ni una anomalía administrativa. Es un mensaje. Un mensaje claro y brutal: la ONU ya no impone respeto, ni siquiera puede proteger sus propios edificios, su propia bandera o a su propio personal. Cuando un Estado puede retirar banderas de la ONU, expulsar a sus funcionarios y destruir sus sedes sin consecuencias reales, el orden internacional basado en reglas ha dejado de existir.

Israel actúa porque puede hacerlo. Estados Unidos lo permite porque le conviene. Y el resto del mundo observa, protesta débilmente y pasa página. Esta es la realidad desnuda: las resoluciones, las condenas y los comunicados ya no valen nada cuando chocan contra intereses estratégicos, tal vez nunca sirvieron. La ONU no ha sido derrotada en una guerra; ha sido ignorada hasta volverse irrelevante.

Estados Unidos, el país anfitrión de la ONU, lleva años marcando el camino. Ignora resoluciones, bloquea decisiones con vetos, corta financiación cuando no le gusta el rumbo del organismo y trata a la ONU como un instrumento opcional, no como una autoridad. En algunos momentos incluso ha llegado a negar visados o dificultar la entrada de representantes diplomáticos. Cuando el guardián del sistema lo desprecia abiertamente, el sistema se derrumba por pura gravedad.

La ONU no tiene ejército propio, no tiene poder coercitivo real y depende económicamente de los mismos Estados a los que debería fiscalizar. Es un organismo diseñado para un mundo que ya no existe: el mundo de 1945, donde unas pocas potencias industriales controlaban el tablero y fingían consenso. Ese mundo ha muerto. Hoy vivimos en un escenario multipolar, fragmentado, con guerras permanentes, sanciones cruzadas y bloques enfrentados. La ONU no ha sabido adaptarse y ahora paga el precio.

El caso palestino es el espejo más incómodo de este fracaso. Décadas de resoluciones incumplidas, de ocupaciones normalizadas, de violaciones del derecho internacional documentadas hasta el aburrimiento. La ONU observa, archiva informes, expresa preocupación y convoca reuniones de emergencia. Mientras tanto, los hechos sobre el terreno avanzan, irreversibles. La demolición de una sede de la ONU no es solo un ataque a una agencia concreta; es la confirmación de que el derecho internacional ya no tiene dientes.

Estamos entrando en una nueva fase histórica. No es el colapso repentino, sino la erosión constante. La ONU no desaparecerá mañana, pero ya es un cascarón vacío, una escenografía diplomática que sirve para discursos, no para frenar guerras. Como tantas instituciones antes, seguirá existiendo un tiempo más por inercia, hasta que deje de ser útil incluso como decorado.

Tras la gran guerra que se intuye en el horizonte —abierta, híbrida o por delegación— el mundo no volverá a reconstruirse alrededor de la ONU. Surgirá algo nuevo estoy seguro, lo predigo, probablemente impulsado desde fuera del eje occidental, desde territorios que no cargan con la herencia de 1945. Bloques como los BRICS ya ensayan estructuras paralelas, bancos propios, acuerdos fuera del dólar y marcos diplomáticos alternativos. No por altruismo, sino por necesidad.

El futuro no será más justo ni más humano por defecto. Simplemente será distinto. Menos universal, más fragmentado, más crudo. La ONU fue el intento de poner normas a un mundo traumatizado por la guerra. El mundo actual ya no está traumatizado: está acostumbrado. Y cuando la violencia se normaliza, los árbitros sobran.

La caída de la ONU no será recordada como un gran acontecimiento, sino como una suma de pequeños desprecios, vetos, demoliciones y silencios. Como casi todos los colapsos importantes: no con un estruendo, sino con una excavadora trabajando al amanecer mientras las banderas caen una a una.

Por cierto todo esto #aspredicted para los que me seguís desde 2019.


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