Existe una pregunta que rara vez se plantea: si un grupo comparte realmente un objetivo, ¿para qué necesita votar constantemente? Llevo años viendo como grupos decrecentistas, gente que dice de organizarse acaba bloqueando, eliminando y construyendo proyectos que casualmente tenían intereses ocultos y fueron las asambleas las que sirvieron para tales fines. Y pasa una y otra vez. Las sacrosantas asambleas.
Cuando las personas tienen intereses alineados, la cooperación surge de forma natural. Quien sabe cultivar enseña a cultivar. Quien sabe reparar comparte sus conocimientos. Quien dispone de recursos ayuda a quien los necesita. La colaboración aparece porque existe una necesidad común y una voluntad mutua de resolverla.
Las asambleas se vuelven imprescindibles precisamente cuando esa unidad de intereses deja de existir. Cuando aparecen desacuerdos profundos sobre recursos, prestigio, liderazgo, influencia o dirección política, la votación se convierte en el mecanismo para resolver el conflicto. Pero resolverlo no significa hacerlo desaparecer. Significa simplemente que una parte impone su criterio a la otra mediante el peso de los números.
Por eso las asambleas no eliminan las luchas de poder; muchas veces las institucionalizan. La energía deja de dirigirse hacia la resolución de problemas y se orienta hacia la construcción de mayorías. Convencer ya no consiste en demostrar que una idea funciona, sino en conseguir suficientes apoyos para aprobarla.
En ese contexto, la asamblea puede transformarse en una herramienta extraordinariamente eficaz para dirigir organizaciones hacia objetivos que no todos comparten. Quienes dominan los mecanismos de influencia, las alianzas internas o la movilización de votantes adquieren una ventaja decisiva. La estructura sigue llamándose horizontal, pero en la práctica aparecen jerarquías informales tan poderosas como las formales.
Las víctimas de este proceso suelen ser las iniciativas independientes, las minorías creativas y quienes prefieren actuar antes que participar en interminables debates. Poco a poco, la organización consume más energía gestionando su propio poder interno que afrontando los problemas que justificaron su existencia.
Si el desafío principal es sobrevivir en tiempos de incertidumbre, quizás la prioridad no debería ser perfeccionar sistemas de votación cada vez más complejos. Tal vez sea más útil fortalecer redes de apoyo mutuo, intercambio de conocimientos y cooperación voluntaria.
Compartir, aprender y colaborar no requiere necesariamente una mayoría. Requiere confianza. Y la confianza no se puede votar.
La obsesión por decidirlo todo mediante asambleas puede acabar destruyendo aquello que pretendía proteger: la autonomía de las personas. Cuando cada decisión depende de una mayoría, la libertad individual se convierte en una concesión temporal otorgada por el grupo.
En mi experiencia, habiendo creado movimientos sociales que han ganado batallas, guerras, cambiado leyes y ayudado a miles de personas que se enfrentaron al poder como Graba tu Pleno, nunca necesitamos asambleas ni votar, ni imponer a nadie nada, solamente estabamos para lo que hiciera falta, si uno no podía ayudar ayudaba otro, descentralizado, libre y con un objetivo claro.
Quizás la verdadera alternativa no consista en encontrar un sistema de votación más perfecto, sino en reducir al mínimo la necesidad de votar. Cuantas menos decisiones deban imponerse colectivamente, menos espacio existirá para las luchas de poder y más espacio habrá para la cooperación libre entre individuos y comunidades.
Aún así es un tema complicando y me estaba centrando en las asambleas creadas en teoría para fines sociales, pequeñas comunidades que acaban como acaban, no pretendo generalizar, pero luego está el mundo real, vivimos en dicen una democracia, hay elecciones, hay asambleas pero el mundo se va la mierda, la vida en la tierra está en peligro etc etc… como hemos llegado aqui con tanta democracia? sencillo, controlando la mayoría. Pero bueno poco a poco….


