«La pregunta no es si esto va a escalar.
La pregunta es cuándo te va a tocar a ti.» F. Moreno.
Este artículo está basado en el que escribí hace 6 años (2020) titulado CIVILIZACIÓN PONZI, EL JUEGO DE LA SILLA Y EL CAPITALISMO y otro de 2022 titulado HAMBRE WARS 2 : EL JUEGO DE LA SILLA, ambos publicados en mis libros en papel RELATOS COLAPSISTAS.
La civilización industrial moderna funciona como un juego de la silla. Mientras suena la música —energía abundante, comercio global fluido, estabilidad aparente— todos seguimos dando vueltas sin pensar demasiado. Nadie se pregunta cuántas sillas hay realmente. Nadie se plantea qué pasará cuando la música se detenga.
Pero esta vez, la música no se ha detenido sola.
La han golpeado.
La guerra de 2026 no empezó por un accidente ni por un fallo del sistema. Empezó con una decisión política: Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán, incluyendo bombardeos sobre infraestructuras estratégicas. A partir de ese momento, lo que vino después no fue más que una cadena de consecuencias previsibles.
Irán respondió como responden los países cuando no pueden competir frontalmente: atacando el sistema. Y el sistema, en este caso, tiene un nombre muy concreto: estrecho de Ormuz.
Por ahí pasa cerca del 20% del petróleo mundial. Pero eso es solo la superficie. Lo verdaderamente crítico es que también pasa una parte enorme del sistema agrícola global. Aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes transita por esa zona, incluyendo una proporción clave de urea y productos nitrogenados. No hablamos de energía, hablamos de comida.
Cerrar Ormuz no es solo un gesto militar. Es tocar el interruptor de la civilización industrial.
Y ese interruptor ya se ha tocado.
Los barcos que salieron antes del bloqueo han seguido su curso durante semanas. Han llegado a destino. Han descargado petróleo, gas y fertilizantes. Durante ese tiempo, el sistema ha seguido funcionando con una apariencia de normalidad. Pero eso ya se ha terminado. Esas eran las últimas cargas que salieron con el sistema aún operativo.
Lo que viene ahora ya no es retraso.
Es ausencia.
Y aquí es donde el relato dominante empieza a fallar. Porque se presenta el cierre como una agresión irracional, cuando en realidad es una respuesta asimétrica bastante lógica: si no puedes igualar la capacidad militar de tu enemigo, atacas su dependencia estructural.
Irán no tiene portaaviones.
Pero controla el cuello de botella del sistema.
Mientras tanto, Occidente sigue contando la historia al revés. Se habla de “reabrir rutas”, de “garantizar la seguridad del comercio”, de “estabilidad global”. Pero lo que realmente se está intentando es forzar, mediante presión militar, que un país al que han atacado siga permitiendo el flujo normal de recursos hacia quienes le han bombardeado.
No es estabilidad. Es coerción.
Y en medio de todo esto, el sistema empieza a crujir de verdad.
El petróleo sube, sí. Pero ese es el indicador superficial. Lo que de verdad importa es lo que viene detrás: fertilizantes, agricultura, producción de alimentos, aviación, transporte de mercancías. Porque aquí no hay colchón. Por cierto no existen reservas estratégicas globales de fertilizantes capaces de sostener el sistema durante meses. La agricultura moderna depende de un flujo constante. Si se corta, el impacto no es gradual.
Es directo.
Y ya hay señales claras de que el juego ha empezado en serio.
En países como India, donde millones de personas dependen de energía barata para cocinar, transportarse o trabajar, el acceso ya empieza a deteriorarse. No porque “se haya acabado la energía”, sino porque deja de ser accesible. El sistema no falla de golpe: expulsa primero a los más pobres.
Eso es el juego de la silla en estado puro.
Al mismo tiempo, los países están tirando de reservas estratégicas de petróleo y gas para mantener la ilusión de normalidad. Pero esas reservas no son infinitas. Se diseñaron para crisis cortas, no para bloqueos prolongados de rutas críticas.
Además, la guerra no solo está afectando al transporte de recursos, sino a la propia capacidad industrial. Infraestructuras energéticas, plantas químicas y nodos productivos están siendo dañados o tensionados, aluminio, acero, medicinas, industrias enteras de los países en la zona están siendo aniquiladas. Esto significa que incluso aunque el flujo se recuperase parcialmente, la capacidad de transformar esos recursos ya no sería la misma.
No solo falta energía.
Empieza a faltar sistema.
Aquí entra el juego de la silla.

Porque el sistema global nunca ha tenido suficientes “sillas” para todos. Siempre ha funcionado con desigualdad estructural, con unos países consumiendo mucho más de lo que les correspondería en términos físicos. Mientras la música sonaba, esa desigualdad se podía ocultar.
Ahora ya no.
Los primeros en quedarse sin silla ya están cayendo: países pobres, economías dependientes, regiones enteras donde el precio de la energía y los alimentos se convierte en una barrera directa de acceso. Pero desde Europa, desde el mundo rico, apenas se percibe. Aquí la música sigue sonando, aunque más lenta, más frágil, rascando los bolsillos de los consumidores.
Esa es la ilusión.
Porque el sistema está absorbiendo el golpe como puede: tirando de reservas, priorizando a los de siempre, desplazando el problema hacia fuera. Pero eso no crea nuevas sillas. Solo retrasa quién se queda sin ellas.
Y el problema es que esta vez no hay solución rápida.
No hay sustituto para el petróleo de Ormuz en el corto plazo. No hay alternativa para los fertilizantes que dependen de ese flujo. No hay forma de reorganizar la industria global en medio de una guerra. Todo lo que vemos son intentos de ganar tiempo.
Pero el tiempo también es un recurso.
La pregunta no es si esto va a escalar.
La pregunta es cuándo te va a tocar a ti.
Porque cuando lo notes, ya no será una subida progresiva de precios. Será algo más evidente. Más físico. Empezarán a faltar cosas. No porque no existan, sino porque no hay suficientes para todos.
Y en ese momento, el relato cambiará.
Ya no se hablará de mercados.
Se hablará de prioridad.
El mayor error ahora mismo es pensar que esto es geopolítica lejana. No lo es. Es energía, es comida y son límites físicos. Es el número real de sillas en el sistema.
La guerra no ha creado ese problema.
Pero ha acelerado el momento en el que se hace visible.
Y como en cualquier juego de la silla, cuando la música se detiene, ya no importa quién tenía razón.
Solo importa quién consigue sentarse.


